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lunes, 1 de junio de 2020

Al mal tiempo, buena cara

Gozo en las pruebas – Explorando la fe

Guatemala, amada patria, tiene lugares tristes, guatemaltecos viviendo a orillas de ríos de aguas negras, con desagües a flor de tierra, con calles de tierra, en casas de láminas y retazos de cartón, sin agua potable, pasando hambre, y, en constante peligro de desastres naturales.  Y los valientes guatemaltecos, a pesar de todo, cuentan un chiste, sonríen ante la tragedia, sobreviven un día más y mantienen la esperanza, porque las experiencias que viven a diario, les han enseñado que cuando las cosas van mal, cuando las cosas se complican, lo más conveniente es enfrentarlas con la mejor actitud, porque han descubierto que “La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa” 1, un arma que todos debemos aprender a usar, a diario, en todo lugar y ante cualquier circunstancia.

No contagiemos una pena más

Cada día representa un enorme desgaste emocional, al enfrentar los retos cotidianos personales y sociales de la vida en sus diferentes dimensiones: económicas, relaciones, trabajo, violencia, etc., todo esto provoca que los niveles de estrés se disparen, las ansiedades se multipliquen y la insatisfacción esté presente a flor de piel.  Éstas situaciones extremas de estrés pueden conducir a una crisis emocional cuando se carece de las habilidades para afrontar los problemas. Las emociones debilitantes empiezan a emerger y se manifiestan como enojo, tristeza, depresión, desesperanza, temor y desesperación, y, empiezan a llenar el ambiente en que se vive, contaminando y contagiando, como el peor de los virus, a todos con los que se convive. No contagiemos una pena más.
El reto que debemos proponernos es ser portadores y transmisores de optimismo y alegría por las palabras que se expresan, la energía que se transmite, los pensamientos que se expresan, la actitud que se asume e incluso por un acto elemental, simple y poderoso: la risa.

Un poderoso jajajá

Aprender a vivir las circunstancias que vida presenta desde perspectivas más alegres y felices y reír de esas situaciones y de nosotros mismos hace que se gane tranquilidad, energía, esperanza, ayuda a despejar la mente y a encontrar mejores soluciones.  Los niños viven sin preocupaciones, juegan a pesar de las circunstancias, inventan superpoderes, sonríen y muchas veces sorprenden con sus carcajadas que a los adultos parecen sin sentido, sin motivo, pero ríen, ríen, ríen y eso aleja cualquier tristeza.  Los niños sonríen en promedio 200 veces al día mientras los adultos solo 20. La risa no es cuestión de chistes (que también ayuda) es más una cuestión de encuentros, con la familia y con los amigos, esas personas especiales que hacen recordar el propósito de vivir, que hacen recordar los momentos vividos, que inspiran a seguir adelante, a determinar que se puede vencer cualquier obstáculo.
Reír es saludable: regula la presión arterial, aumenta la energía, da sensación de bienestar, cambia la atención de lo negativo a lo positivo, mejora la calidad del sueño, tonifica las expresiones faciales, controla la depresión, mejora la memoria, fortalece el sistema inmunológico, combate el insomnio, y, si esas razones fueran pocas, ríe porque te hace ver más joven y atractivo.

Reparte la magia de reír

En medio del caos que la vida puede presentar se necesitan héroes que ayuden a hacer más soportables las penas, que ayuden a preservar la capacidad de alegrarse por vivir, que rescaten la visión de un mejor futuro, que logren dibujar sonrisas en los rostros de la gente más cercana, que contagien el virus de la risa, que contaminen a muchos para que ellos a su vez contagien a más. Reír es contagioso. Las personas que hacen reír son mágicas. Apagan las penas y desvanecen las sombras de los malos días con comentarios ingeniosos, con esa alegría que se contagia, que acaricia el corazón y que llena de esperanza.
Hoy es el tiempo justo para rescatar la capacidad de reír, para transmitir esa energía única que se percibe en la sonrisa y para dejar recuerdos inspiradores que al ser evocados produzcan automáticamente una sonrisa más, un motivo más para seguir adelante, porque “…la risa es más fuerte que las lágrimas, y su resultado más positivo. Reíros desde el fondo del corazón” 2, porque cada persona merece lo mejor y eso sin duda empieza con una sonrisa.

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(1) Twain, Mark. 1872. Pasando fatigas.
(2) Mahfuz, Naguib. 1987. Charlas de mañana y tarde.

Artículo originalmente publicado en El Indagador el 15/5/2020 en:
https://indagadorgt.com/2020/05/15/al-mal-tiempo-buena-cara/

sábado, 30 de mayo de 2020

¿Por qué estás vivo? La urgencia de reinventarse


La sociedad global con sus casi obligadas tendencias de consumo y competencia se ha visto paralizada ante la aparición del COVID-19 sumiendo en la incertidumbre y el temor a millones de personas que, ante el cambio abrupto en las condiciones de vida, han quedado paralizadas, temerosas y en busca de respuestas que le den sentido a sus vidas. Aquí cobra validez que “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor responde al cambio” 1. Y cuando la obligación y oportunidad de “cambiar” se presenta en forma inesperada y abrupta, el mejor camino es reinventarse.  Y quizá: reinventar la sociedad.

Las eternas preguntas de propósito

Las conocidas preguntas sobre la existencia, su propósito, su continuidad o su terminación han invadido la mente de las personas en todo momento de la historia y como respuestas han surgido teorías, mitos, y leyendas; algunos que provocan consuelo otros que provocan desazón.  Las respuestas generadas motivan comportamientos hacia la acción o hacia el estatismo, provocando vidas internamente enriquecidas con paz, alegría y satisfacción, o, vidas llenas de temor, angustia y descontento.  Las crisis, todas, como una moneda, tienen dos caras, una de devastación, y, otra, de oportunidad, pues ante la adversidad, con la actitud correcta, pueden surgir cambios positivos que permitan redireccionar y dar sentido a la vida al descubrir fortalezas, cualidades y competencias. 

El pesimismo es contagioso


Una sociedad conforma sus creencias y competencias basada en su diario vivir, en las experiencias de sus habitantes, en la historia que le ha dado forma.  El desarrollo humano contempla tres dimensiones que se traducen en seres humanos felices y resilientes: (1) vivir una vida larga y saludable; (2) tener educación formal y constante; y, (3) gozar de un nivel de vida digno.  A estos tres elementos se les debería sumar la observancia y promoción de los derechos humanos, el compromiso por la democracia y el respeto por la igualdad y equidad. Con estos elementos se conforman sociedades positivas, optimistas y capaces de hacer frente a emergencias, crisis y cambios, saliendo fortalecidas y con mejores opciones para definir, enfrentar y vivir bien el futuro.

Cuando el desarrollo humano es mínimo o inexistente como atestiguan millones de habitantes de países del Tercer Mundo, el pesimismo se vuelve algo cotidiano, mismo que se desarrolla en la mente individual y la mente colectiva de la sociedad debido a vivencias cotidianas de: falta de educación, sistemas precarios de salud, violencia generalizada, hambre, desnutrición, desempleo y corrupción.  Entonces sí, el pesimismo es contagioso.  El pesimismo se apodera de los pensamientos, provoca las emociones y dispara acciones negativas sin energía, sin pasión y sin esperanza.

La superación es posible

El pesimismo con su constante alimento social negativo es posible de erradicar en el individuo y en la sociedad. Se requiere de decisión, de compromiso, de constancia, de creatividad y de formación de nuevas creencias; características que todo ser humano puede desarrollar y cuya semilla se encuentra ya en el interior de cada uno, porque incluso en terribles circunstancias el ser humano tiene la libertad de reinventarse, de crear sus propios y nuevos mitos que dirijan su propia vida y la reconstrucción de una sociedad más justa, solidaria y equitativa.
Para reinventarse es necesario afrontar el cambio.  Para afrontar el cambio se debe estar empoderado con tres autoconocimientos vitales: (1) Quién soy, esto es evaluarse internamente, descubrir debilidades, creencias y limitantes, pero también es, descubrir capacidades, potencialidades.  Esto permite afrontar toda influencia externa que puede estar condicionando la forma en que se ve la vida y sus posibilidades, y, más importante, brinda la capacidad de liberarse de cualquier atadura que limita el propio desarrollo. (2) Cómo me reinvento, esto es verse construyendo un nuevo ser libre para trascender, definir qué se quiere hacer, visualizarse en movimiento por el mundo, cómo está y cómo debe estar.  Con este autoconocimiento se logra la voluntad para cambiar el mundo entero. (3) Actuar con sentido, que deviene de la seguridad, destreza, convicción y creencia logrados por los autoconocimientos descubiertos.

Cambiar junto a la comunidad

Reinventarse requiere un acto de soledad, una introspección de descubrimiento, una valoración de recursos propios y la creación de escenarios vitales individuales y para la comunidad en donde se vive. Sin embargo, al reinventarse, se debe incluir las relaciones interpersonales como esencia del cambio, porque como ya lo demostró la pandemia que se está viviendo, ante la ausencia de otros seres humanos con los cuales convivir, la propia humanidad se tambalea, se atemoriza y se deteriora.  El cambio es posible, la reinvención personal con proyección hacia una reinvención social con valores de solidaridad, respeto por la dignidad de todas y todos y con oportunidades igualitarias y equitativas está en las manos de cada uno, porque “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas «la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino”2. Ante la situación del COVID-19 que ya no puede cambiarse se debe aceptar con compromiso y determinación el desafío de cambiarse a sí mismo y reinventar la sociedad en que se vive.

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(1) Darwin, Charles. 1859. El origen de las especies
(2Frankl, Viktor. 1946. El hombre en busca de sentido

Artículo originalmente publicado en El Indagador el 3/4/2020 en:

miércoles, 27 de mayo de 2020

¡Alto! Es hora de desaprender

Aprender a desaprender: la difícil asignatura, pendiente de ...

La competencia, muchas veces desleal; la falta de equidad; el consumo desmedido; la alta producción que pone en riesgo los recursos naturales; la voracidad; el acaparamiento; valorar más lo material que lo humano; y, más recientemente, el FOMO (fear of missing out) temor a perderse algo, ejemplificado en la compra compulsiva, temerosa y masiva de papel higiénico, son en su conjunto las características de las sociedades de consumo, son los “valores” que caracterizan a una sociedad automatizada por el querer tener más, a cualquier precio, pasando por quien sea necesario.
Llegó la hora de cambiar, “no se trata de quemarlo todo, ni de destruir nada, se trata de transformarse, de cambiar la forma de ver y entender la vida”1, para desaprender estilos de vida egocéntricos y transformarlos en estilos de vida inclusivos, solidarios y empáticos.

El proceso liberador de la educación

La educación debe entenderse como un proceso de construcción de competencias para liberar el potencial que cada ser humano posee para vivir una vida plena, con satisfacción y con una completa convicción de estar generando momentos memorables y de alto beneficio propio y para las personas con que se comparte el espacio comunitario, enriqueciéndolo e impulsándolo hacia un desarrollo para todas y todos.
Este conjunto de acciones o actividades sistematizadas que constituyen el proceso educativo, siempre tiene un fin predefinido, un propósito al que obedece y que debe cumplirse. En algunas ocasiones, son las familias quienes definen y dirigen el propósito; en otras ocasiones, la mayoría de veces, son los gobiernos los que dictan y determinan ese propósito, para responder a los intereses y necesidades de los grupos de poder.
Al descubrir las grandes falencias de un sistema educativo que privilegia los conocimientos técnicos sacrificando el desarrollo de conocimientos humanísticos, dedicando sus recursos económicos a ese fin y sin embargo fallando incluso en el logro de ese objetivo (o quizá el objetivo era esa falla), cada persona debe plantearse la necesidad urgente de liberarse de ese proceso erróneo y entrar en un proceso de desaprendizaje que permita aprender y reaprender lo que realmente se necesita para lograr la plenitud de desarrollo personal y social, esta vez, autodirigido y con una mentalidad de autoaprendizaje continuo a lo largo de toda la vida.

Para desarrollar otra forma de ver la vida

Hay momentos detonantes en la vida, como la crisis sanitaria causada por el COVID-19, en que cada persona tiene la oportunidad de someter a análisis y reflexión el conjunto de conocimientos, creencias e información que se posee e interrogarse sobre su certeza, su validez y su utilidad.  Las formas de trabajo y estudio que se aprendieron antes de la crisis quedan en su mayoría invalidadas con la ausencia de transporte público, el aislamiento social, la cuarentena y el alto riesgo de contagio; entonces la mayoría de personas deberían reaprender y estar abiertos a formas diferentes de trabajo y educación, por ejemplo, emprendimientos y plataformas educativas online.
Otra situación a plantearse durante la crisis sanitaria es la eficiencia de la organización social que se ha creado a lo largo de la historia humana especialmente lo relativo a los valores sociales que se practican o no cotidianamente. Hoy se necesita de la solidaridad, comprensión y responsabilidad de cada ser humano para practicar los protocolos de prevención del COVID-19: uso de mascarilla, mantener la cuarentena, etc., para el beneficio individual y especialmente para el cuidado de la comunidad en donde se habita.  Sin embargo, si esos valores de responsabilidad social no se han practicado previo a la crisis, si no se ha tenido cuidado, solidaridad, respeto y ayuda hacia el vecino necesitado, es muy probable que ahora que se hace indispensable la práctica de esos valores, se descubra que están ausentes.

La mochila de emergencia del desaprendizaje

Desaprender no es lo contrario de aprender. No es olvidar lo aprendido, ni dejar de aprender. Es un proceso continuo, constante y consciente para ir mucho más allá de lo aprendido, consiste en revisar lo que hasta este momento se ha considerado inmutable y normal. Tiene el objetivo de crear, re-crear, innovar, reinventar todo aquello que ha dejado de funcionar y todo aquello que es necesario cambiar para lograr el bienestar individual y social.  Es romper con las prácticas sociales vacías de valores y reinventarlas a prácticas vitalizadas de búsqueda, compromiso y logro del bien común.
En la mochila de emergencia del desaprendizaje urgente para aprender y reaprender a cultivar una vida plena es necesario incluir: (1) hacer un alto para observarse, indagarse y descubrir creencias, aprendizajes y prácticas de vida que han caducado; (2) observar, escuchar y sentir la situación para poder redefinirla; (3) asumir la oportunidad de cambio de paradigmas; (4) integrar lo aprendido a la práctica de vida cotidiana; y, (5) practicar este proceso continuamente.
Esta es una oportunidad única que proporciona el tiempo y el espacio para la reflexión, para asumir compromisos con la autotransformación y el rediseño de las relaciones con las comunidades en que se vive para lograr el anhelado desarrollo sostenible. La crisis sanitaria en medio de su calamidad, de su destrucción de vidas, de su siembra de temor, proporciona un espacio único para descubrir que “lo que necesita nuestro tiempo son seres más bondadosos, no seres más inteligentes. La inteligencia sin bondad es una mutación fallida”2, que provoca una sociedad débil, frágil y en constante riesgo.  Así que es necesario hacer un ¡Alto! y comprometerse a desaprender, aprender y reaprender.

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(1) Cobera, Enric. 2015. El arte de desaprender.
(2) Naranjo, Claudio. 2019. Sanar las mentes para arreglar el mundo.

Artículo originalmente publicado en El Indagador, el 10/4/2020 en: